En Chablé Yucatán hay lugares que despiertan algo que uno creía olvidado: esas ganas de explorar, de mirar con atención, de descubrir cosas nuevas como cuando éramos niños. Uno de esos lugares es La Granja de Abu, y basta llegar para que algo dentro de ti diga: “aquí quiero quedarme un rato”.
Entre jardines amplios y caminos llenos de vida, la atmósfera de La Granja de Abu se siente cercana, cálida, como ese sitio al que vuelves sin darte cuenta porque simplemente te hace sentir bien. Todo está pensado para que disfrutes sin complicaciones: observar, probar, preguntar, jugar un poco y disfrutar el momento tal cual viene.
Lo primero que sorprende es cómo la naturaleza se mezcla con las actividades. Nada está puesto para impresionar; más bien, parece que siempre estuvo ahí, esperando a que alguien quisiera descubrirlo. La granja nace del deseo de compartir lo que hace especial a Yucatán: sus sabores, su tierra y su historia contada de manera sencilla.
Los fines de semana, la cocina de Abu se llena de aromas frescos. Aquí se prepara con lo que crece en el mismo terreno, y al probarlo, algo en ti reconoce ese sabor real que no necesita explicación. Es como cuando de niño probabas algo nuevo y te parecía increíble sin saber por qué.
Y luego vienen las actividades, que son probablemente lo mejor de todo. Probar la miel de la abeja melipona, una especie nativa sin aguijón cuidada en Yucatán desde tiempos ancestrales, es un momento que despierta curiosidad al instante. Su miel tiene un sabor distinto, más suave y ligeramente cítrico, y conocer cómo se produce —sin prisa, en pequeñas colmenas tradicionales de madera llamadas jobones— permite conectar con una práctica que ha acompañado a las comunidades mayas durante generaciones.
Después está el arte con flores prensadas. Es imposible no sonreír cuando ves cómo un pétalo, una hoja y un color se transforman en un recuerdo que puedes llevar contigo. Disfrutarlo es tan fácil como dejar que la imaginación guíe tus manos.
El área de orquídeas también tiene su encanto. Observarlas de cerca, aprender cómo se cuidan y entender su importancia dentro del ecosistema despierta esa curiosidad tranquila que aparece cuando algo te gusta y quieres saber más.
Y si de despertar al niño interior se trata, nada como alimentar a los animales. Hay una alegría simple en acercarte, en verlos de cerca y en participar de forma espontánea. Las familias disfrutan esta parte muchísimo, pero lo cierto es que los adultos también terminan sonriendo igual que los más pequeños de la casa.


Las experiencias artesanales son otro de esos momentos que conectan con algo muy personal. Hacer jabones, velas o dulces con miel y cera de la abeja melipona no solo es entretenido; es la sensación de crear algo propio con ingredientes que vienen de la misma tierra. Aprender sobre el henequén completa el recorrido con una parte importante de la historia local: cómo se cultiva, cómo se trabaja y cómo se transforma en piezas hechas a mano.
Lo que más sorprende de La Granja de Abu es lo bien que se adapta a lo que cada persona busca. Si vas en familia, hay risas aseguradas. Si vas en pareja, encontrarás momentos tranquilos y memorables. Si vas solo, descubrirás un sitio donde puedes detenerte y disfrutar sin esfuerzo. Todo fluye de manera natural, sin guiones, sin rigidez.
Visitar La Granja de Abu es reencontrarse con esa parte de uno mismo que todavía se maravilla, que disfruta lo simple, que quiere aprender, probar, explorar y quedarse un poco más. Es un espacio que se vive con los pies en la tierra y el corazón abierto, donde cada actividad te regala algo que se siente cercano, alegre y auténtico.
Para quienes se hospedan en Chablé Yucatán, suele convertirse en uno de esos momentos del viaje que se recuerdan con una sonrisa: no importa la edad, aquí todos encuentran algo que les hace sentir bien.
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